Siro, Joka y el saco de cemento
Por las mañanas, suelo levantarme con el tiempo justo para prepararle el desayuno, sacar a los perros, hacer la cama, vestirme, ponerme las lentillas, fregar los platos (seguramente de la cena) y mirar que puedo hacer de comer al mediodía... No precisamente en ese orden.
Puestos en antecedentes, la travesura de esta noche, queda de esta manera...
Érase una vez, un señor perruno, al que llamaban Siroco. No es que estuviera loco, como bien se podía uno imaginar al escuchar el nombre, sino que de vez en cuando, se hacía el loco. ¿Cómo entender esto? Siroco es un viento del desierto, una corriente de aire que viene del Sáhara, y que alcanza velocidad de huracán en el norte de Africa y sur de Europa. Muchas personas consideran que escuchar el viento meterse en sus cabezas los vuelve locos, y de ahí la expresión "parece un siroco", "está loco como un siroco".
Pero Siro, el señor perruno, no estaba loco. ¡No, señor!
Todas las noches se refugiaba en su casita junto a su compañera Joka. ¿Todavía no he hablado de ella?
Joka, Jokanovic, Loca... Era Lady Macbeth. Bueno, no lo era, pero eso es lo que ella creía. Más joven que el señor perruno, y mucho menos responsable que él, no hace más que tratar de morder las cosas, hipnotizándolas primero, y atacando después. No le hace ascos a nada, desde el palo de una escobas hasta las orejas de Siro. No se sabe nada de su familia, aunque recogida en perrera, ella se cree de alta alcurnia, de ahí, su sobrenombre de Lady Macbeth.
Lady Macbeth se acerca sigilosamente, no se da cuenta que la están mirando. Se va aproximando, la cabeza medio gacha, el cuerpo erizado, el rabo levantado. Y...
¡Plaf! Se lanza a las orejas, al palo, o a cualquier cosa, dura o blanda que sea merecedora de probar su finos dientes blancos.
Joka no se da cuenta que la están mirando, así que cuando entre gruñido y gruñido, escucha un ruido distinto al que hace Siro, levanta la cabeza, y, con cara sorprendida, ve que ha sido objeto de toda la atención.
Aquella noche, después de su paseo nocturno, a la luz de cuatro farolas, y con la compañía de dos grillos, se tumbó en la fría baldosa, miró al señor perruno y le guiñó el ojo.
A partir de aquí, hay una inmensa laguna que dura desde las 11 de la noche hasta casi las 7 de la mañana del día siguiente. ¿Qué pasó durante esas ocho horas? Yo no estuve ahí, con lo cual no puedo contarlo, pero sí puedo explicar como me encontré el punto de reunión del señor perruno y Lady Macbeth.
A oscuras, todavía con las legañas de una noche intensa en pensamientos, miré a través de la ventana. La poca luz del amanecer que entraba por las claraboyas sólo me dejaron percibir que había algo en el suelo. Supuse que era una cortina que ambos, Siro y Joka, roban para tumbarse durante la noche. Pero además... ¡¡El señor perruno era blanco!!
¿Cómo podía ser eso? Todavía sin darme cuenta que no había encendido la luz, Siro se acercó a la puerta, que acababa de abrir, no sin dificultad. Su hocico, normalmente negro, era ahora blanco. Su pelaje aparecía encanecido, como si aquella noche hubiera roto el pacto de juventud. Las orejas estaban echadas para atrás, pero no como señal de culpabilidad, sino de "no comprendo que ha pasado", sus ojos, oscuros, me miraban detrás de una fina máscara blanca, movía poco el rabo, apenas para dar los buenos días y ya está.
Lady Macbeth, en cambio, estaba alegre, su hocico estaba más claro de lo habitual, pero su pelaje y sus patas, apenas tenían el polvillo blanco que aparecía por casi todo el suelo, esparcido y a la vez amontonado.
Los dos formaban una bella estampa, el polvo del cemento en gran parte por el suelo, y también por el aire y sus cuerpos, hacía que la situación fuera un tanto irreal. Lady Macbeth, con la ayuda del Señor perruno, había destruido un saco de cemento que había escondido bajo una encimera.
Puestos en antecedentes, la travesura de esta noche, queda de esta manera...
Érase una vez, un señor perruno, al que llamaban Siroco. No es que estuviera loco, como bien se podía uno imaginar al escuchar el nombre, sino que de vez en cuando, se hacía el loco. ¿Cómo entender esto? Siroco es un viento del desierto, una corriente de aire que viene del Sáhara, y que alcanza velocidad de huracán en el norte de Africa y sur de Europa. Muchas personas consideran que escuchar el viento meterse en sus cabezas los vuelve locos, y de ahí la expresión "parece un siroco", "está loco como un siroco".
Pero Siro, el señor perruno, no estaba loco. ¡No, señor!
Todas las noches se refugiaba en su casita junto a su compañera Joka. ¿Todavía no he hablado de ella?
Joka, Jokanovic, Loca... Era Lady Macbeth. Bueno, no lo era, pero eso es lo que ella creía. Más joven que el señor perruno, y mucho menos responsable que él, no hace más que tratar de morder las cosas, hipnotizándolas primero, y atacando después. No le hace ascos a nada, desde el palo de una escobas hasta las orejas de Siro. No se sabe nada de su familia, aunque recogida en perrera, ella se cree de alta alcurnia, de ahí, su sobrenombre de Lady Macbeth.
Lady Macbeth se acerca sigilosamente, no se da cuenta que la están mirando. Se va aproximando, la cabeza medio gacha, el cuerpo erizado, el rabo levantado. Y...
¡Plaf! Se lanza a las orejas, al palo, o a cualquier cosa, dura o blanda que sea merecedora de probar su finos dientes blancos.
Joka no se da cuenta que la están mirando, así que cuando entre gruñido y gruñido, escucha un ruido distinto al que hace Siro, levanta la cabeza, y, con cara sorprendida, ve que ha sido objeto de toda la atención.
Aquella noche, después de su paseo nocturno, a la luz de cuatro farolas, y con la compañía de dos grillos, se tumbó en la fría baldosa, miró al señor perruno y le guiñó el ojo.
A partir de aquí, hay una inmensa laguna que dura desde las 11 de la noche hasta casi las 7 de la mañana del día siguiente. ¿Qué pasó durante esas ocho horas? Yo no estuve ahí, con lo cual no puedo contarlo, pero sí puedo explicar como me encontré el punto de reunión del señor perruno y Lady Macbeth.
A oscuras, todavía con las legañas de una noche intensa en pensamientos, miré a través de la ventana. La poca luz del amanecer que entraba por las claraboyas sólo me dejaron percibir que había algo en el suelo. Supuse que era una cortina que ambos, Siro y Joka, roban para tumbarse durante la noche. Pero además... ¡¡El señor perruno era blanco!!
¿Cómo podía ser eso? Todavía sin darme cuenta que no había encendido la luz, Siro se acercó a la puerta, que acababa de abrir, no sin dificultad. Su hocico, normalmente negro, era ahora blanco. Su pelaje aparecía encanecido, como si aquella noche hubiera roto el pacto de juventud. Las orejas estaban echadas para atrás, pero no como señal de culpabilidad, sino de "no comprendo que ha pasado", sus ojos, oscuros, me miraban detrás de una fina máscara blanca, movía poco el rabo, apenas para dar los buenos días y ya está.
Lady Macbeth, en cambio, estaba alegre, su hocico estaba más claro de lo habitual, pero su pelaje y sus patas, apenas tenían el polvillo blanco que aparecía por casi todo el suelo, esparcido y a la vez amontonado.
Los dos formaban una bella estampa, el polvo del cemento en gran parte por el suelo, y también por el aire y sus cuerpos, hacía que la situación fuera un tanto irreal. Lady Macbeth, con la ayuda del Señor perruno, había destruido un saco de cemento que había escondido bajo una encimera.

1 Comments:
jajajaja
Aisss siro es un eterno cachourin, seguro
Publicar un comentario
<< Home